Un salto

Tuesday, September 26, 2006

Esa noche

Sin poder conciliar el sueño, daba vueltas en el colchón viejo con resortes saliendo por sorpresa en distintos lugares. Los ruidos de la noche y el característico sonido del metal vibrante de las aspas del ventilador dominaban en el ambiente. La oscuridad no era completa. El tremendo calor hacía que el ventilador arrojara aire caliente con rachas de aire frío. Serían las 11 de la noche, aproximadamente.
Los pensamientos me inundaban la mente y me asaltaba la angustia al recordar los asuntos pendientes. Me tranquilizaba, de vez en cuando, con algún suceso gracioso del día o con alguna fantasía sexual con alguna de mis amigas.
El flujo mental de ideas no era claro. La noche está madurando.
De pronto, recostado sobre mi izquierda, empiezo a sentir un zumbido que crecía poco a poco. El zumbido es interno, muy distinto al que se "escucha" al estar aturdido por el ruido. El zumbido se vuelve muy agudo; luego, percibo algo intermitente con un tono casi grave como si algo líquido chocara y produjera una leve explosión. Ambas sensaciones me hacen brincar. Abro los ojos, y me molesto conmigo mismo porque ya casi había conciliado el sueño. La manera en que estaba recostado me hizo escuchar el latido del corazón.
Ahora, con una nueva preocupación, me pongo alerta para evitar escuchar mi corazón. Esto hace que tarde en dormirme.
Me quedo mirando fijamente la ventana. Otros recuerdos se apoderan de mi mente. Cierro los ojos para no ver los pedazos de luz tenue que entra por la ventana. Creo que sólo así podré dormir.
Otra vez abro los ojos; hacia donde están mis pies, fijo la mirada en la ventana que está frente a la cama y separada de ésta como a un metro de distancia. La oscuridad casi domina a la luz. He perdido la noción del tiempo y sólo sé que es de noche. La silueta de una maceta en la ventana capta mi atención. Más allá, afuera hacia los árboles, un bulto más oscuro se mueve. Esa sombra se acerca lentamente sin hacer ruido. No sé qué pensar y me siento en la cama esperando que llegue a la ventana.
Observo que el bulto toca la maceta, y la empieza a empujar lentamente. En ese momento, sobre la cama, me muevo hacia la ventana. Trato de distiguir qué es lo que está afuera.Al bajar de la cama, me tiro al suelo y me pongo en cuclillas. Camino el trecho a la ventana para tratar de sorprender a la cosa de afuera.
Distingo una mano humana.
Rápidamente, tomo esa mano y me pongo de pie. La mano es pequeña.
Con sorpresa y miedo, me doy cuenta se trata de una niña...
¡Qué cuernos hacía una niña a media noche fuera de la casa! ¿Acaso estaba jugando a tratar de asustarme? Si era eso, lo había conseguido.
Pero, ¿quién era esa niña?
La niña tendría como 8 o 9 años. Apenas se veía que traía un vestido de color claro, apenas perceptible en la oscuridad. Su mirada era traviesa e increédula a que hubiera sido cachada por mí. Sus rasgos eran meztizos, creo.
Para despejar dudas, y molesto por la acción de la niña, retuve con fuerza la mano de la niña para que no escapara. Por ser media noche, tendría que gritarle a mi madre, que se encontraba en el cuarto de enseguida, para que me escuchara y se despertara.
No pude gritar. No pude articular palabra. La niña me miraba fijamente y el terror empezó a invadirme. Me asustaba el hecho de no poder emitir ningún sonido excepto el de la garganta forzada como si me estuvieran ahorcando. Pensé que la niña me estaba haciendo algo para impedir mi objetivo.
Luché por lograr un grito y mi desesperación era más grande, sin embargo, yo seguía sosteniendo a la niña.
Sentí una mano en mi hombro derecho. Escuché la voz de mi madre que me llamaba y mi lucha continuaba.
Volteé a mi derecha y me deslumbro una luz azulácea. Miré a mi madre y yo seguía balbuceando. Regresé mi vista a la ventana, y me di cuenta que yo estaba recostado en la cama en posición rígida con las manos sobre mi pecho.
Todo había sido una pesadilla.
La porción de cielo que se alcanzaba a ver mostraba el alba. Eran alrededor de las 6 de la mañana.
Mi madre me preguntó que si qué había soñado. Y yo, sin distinguir todavía entre el sueño y la realidad, comencé mi relato de la pesadilla. Me fui calmando.

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