Fuga
Hubiera creído que se trataba de una broma de no ser por la seriedad con la que me lo decían.
Astrid se había casado.
Pensé en muchas cosas y me volteé para que no descubrieran mi expresión en el rostro. Como una aguja de un catéter, o algo peor que eso, se fue clavando un dolor en mi pecho. El aire me sofocaba y un nudo en la garganta impedía que dijese algo. Los ojos se nublaron de lágrimas y comencé a parpadear rápidamente para impedir su salida. Aspiré profundamente por la nariz, y sin mirar a Benja, dije:
—¡Ah, cabrón! ¿Neta?—, con una débil voz y aún sin poder creerlo.
—¡Sí, güey! Yo pensé que ya sabías... ¿A poco no te invitó ni nada?—, sentía la mirada inquisidora de Benja como buscando una explicación a mi silencio y a mis evasivas.
—Pues... supe algo así, pero no creí que fuera cierto...— mentí; —hace mucho que no pago el teléfono, y tampoco checo mi correo electrónico. Tal vez por eso no supe cuándo ni cómo sería la boda de Astrid.
—¡Ay, loco! ¡Si yo te dije que te pusieras de novio con ella! ¡Era un forrazo de vieja! Por eso te digo, si yo fuera tú, me habría quedado con ella.
Hice una falsa sonrisa simulando que no me importaba.
Intercambiamos unas cuantas palabras más, Benja y yo. Deseaba irme de prisa a casa y tratar de aclarar mis sentimientos. Lo malo era que tenía como 40 minutos para pensar, porque tenía una cita con Lizzette. Ahora sí que estaba metido en un verdadero embrollo de sentimientos.
Lizzette y yo tenemos ocho meses de novios. Todo marcha a la perfección y me doy cuenta que ella está enamoradísima de mí. Me puse de novio con ella para tratar de impresionar a mis amigos, y creyendo que realmente estaba enamorado de ella también. Paso agradables momentos con Lizzette, pero la veo más como una amiga. Todo esto surge porque ella es demasiado exigente en sus gustos y choca un poco con mis ideas y se muestra superficial, en ciertos momentos, que resulta empalagoso para mí. Aún así, ella cede y hace lo que cree que me sienta bien. Es juguetona y me hace olvidar fácilmente lo que me molesta de ella. Pero no se compara con Astrid.
"¡Oh, Astrid! ¡Por qué te casaste!", pensaba. Viéndolo bien, caigo en cuenta que siempre creí que pasara lo que pasara, me quedaría con ella y seríamos muy felices. ¡Maldición! Fui un tonto iluso.
Me meto a la regadera. Transcurren un par de minutos y estoy debajo del chorro de agua pensando en Astrid. Con la cabeza agachada, miro cómo algunas gotas se escapaban de mis pestañas por su propio peso. No sé si llorar, o quedarme ahí como idiota esperando despertar de la terrible realidad.
Vestido con una camisa negra de mangas cortas, un pantalón ocre (beige) y unos lustrosos zapatos, me peino el cabello frente al empañado espejo cuadrado pegado en el botiquín del baño. Mi cara tiene un semblante triste, y mejor prefiero ver mi cabello que verme el rostro. Era hora de volcar mis sentimientos con Lizzette.
Salgo lentamente de mi casa. Me acerco a la portezuela del auto de mi primo. Él lo hubo dejado en mi casa hace como 2 semanas, para arreglarle las fallas del motor. Tuve suerte de encontrarme con mi compa "El Mermas" y me hizo el favor de componerlo. Disfrutaría, pues, de unas 2 semanas más del Jetta modelo 2002, color negro, mientras mi primo llega por él./En la calle, la luz del sol está tenue, pero eso no significa que el calor también disminuya. Enciendo el aire acondicionado, que por fortuna sirve. El tráfico es normal, mas siento como si estuvieran vacías las calles. Realmente, creo no quiero ver a Lizzette.
Con el volumen bajo, escucho una canción de Nirvana "The Man Who Sold The World" (El hombre que vendió el mundo). Me sumerjo en mis pensamientos.
Detenido frente a un semáforo en rojo, pienso en decirle a Lizzette lo que me pasa, y cortar la relación con ella, sólo que cambio de parecer porque no tiene caso dejarla por algo que ya es inalcanzable. Además, ella no se merece algo así.
Me siento una basura, un ser miserable, alguien que debería estar olvidado por tener actitudes tan injustas con las personas.
Los cláxones de los vehículos me regresan al presente, y emprendo la marcha. Faltan unas 10 cuadras para llegar a la casa de Lizzette, ubicada en la colonia Las Quintas. Llego enseguida.
Me estaciono enfrente de una casa amplia, de dos pisos; en la planta baja, a la izquierda, está una cochera con puerta blanca eléctrica , en el centro una puerta de madera labrada, y enseguida una ventana de vidrio de tono azulado con la parte superior en forma de arco. Todas la ventanas, y sobre el dintel de la puerta, tienen un arco. Es la casa de Lizzette. Miro hacia adentro, hacia la ventana inferior. Alcanzo a ver la silueta perfecta de mi novia. Se ve emocionada e impaciente como si fuera la primera cita. Dudo en bajar, pero al fin, lo hago.
Cierro la portezuela tratando de no hacer ruido. Me siento culpable. Trataría de mostrarme lo más normal posible con ella.
Toco el timbre. Mientras, despejo la mente. Comienzo a gesticular para aflojar los músculos de la cara y quitarme la tensión que me está atrapando. Recuerdo cuando nos besamos por primera vez, y eso me hace sonreír.
La puerta se abre y enfrente tengo a mi hermosísima novia. Ella viste un vestido guindo, ajustado a su figura, escotado de la toda espalda y de enfrente muestra de manera elegante parte de sus senos; el vestido le llega un poco arriba de su rodilla. Su cabello castaño oscuro está suelto, tal como me encanta mirarla.
Lizzette sonríe de manera traviesa y su mirada irradia felicidad. De un brinco, se acerca a mí, rodeándome con sus blancos brazos y juntando su rostro al mío. Eso me agrada. Le doy una sonrisa amplia. Nos besamos deliciosamente. Sus ojos aceitunados y grandes me miran derritiendo todo mal pensamiento que pueda traer en mente.
—Te amo, Lizzette —, le digo casi en un susurro. Y me hundo en sus perfumados cabellos. La abrazo por la cintura, y siento su firme cuerpo. Cierro los ojos y deseo quedarme así. No me separo mucho de ella.
—¡Ay, amooor... yo también te amo! —, exclama con toda sinceridad Lizzette. Ríe por un breve instante. /Lizzette me toma de la mano, y me jala hacia el interior de su casa. Su sonrisa me convence.Caminamos al interior de aquél lugar.
De nuevo, como lo he hecho varias veces, miro el cuadro pequeño que está en la sala. Me llama la atención porque me resulta extraña la combinación de los colores. En el cuadro están pintados dos alcatraces en un jarrón azuláceo oscuro, con un fondo rojo intenso y contornos oscuros y claros. El ambiente dentro de la sala se siente cálido y agradable. Está más fresco que el exterior gracias al aire acondicionado. Además, la iluminación y el color claro de la paredes reconfortan.
Nos sentamos en un sillón color naranja ocre (Lizzette le llama color durazno). Recargado en el respaldo, y ella recargada en mi hombro izquierdo, platicamos animadamente. Aparece su hermana Anahí, igual de preciosa que Lizzette. Acaso, tiene unos 16 ó 17 años. Su pelo está recogido con una cola, y viste unos jeans deslavados y una blusa rosa fosforescente. Su saludo es fugaz; Anahí me hace una pregunta:
—Javier, ¿cuando te cases con mi hermana, van a vivir cerca de Culiacán? —, dice con curiosidad.
Siento como una cubetada de agua fría. Mi sonrisa se congela un poco. Miro a Lizzette y su mirada sigue fiel a mí; trato de contestar lo primero que se me ocurre.
—Claro que sí, ya sabes... para visitarles seguido.
"¡Maldición! Tengo que sacarme de la cabeza a Astrid", pienso. Me acerco para besar la frente de Lizzette y evitar cualquier cuestionamiento que pudiera surgir por mi conducta perturbada.
Afortunadamente, no se dan cuenta de nada. Luego, llega la madre de Lizzette y me pregunta cuál va a ser nuestro itinerario. Le digo que será el mismo: ir a la Plaza Galerías San Miguel a cenar, luego, ir al cine y después algún antro, pero advierto que quiero salirme un poco de lo común, y tal vez vayamos a la Lomita a observar la ciudad y el cielo.
Me despido de Anahi y su madre. Les aclaro que traeremos encendido el celular, pero que si entramos al cine, les avisaríamos que estaría apagado por un par de horas.
Salimos por separado sin alejarnos uno de la otra. Por cortesía, abro la puerta del copiloto para que Lizzette suba. Veo a sus vecinos de enfrente que nos habían estado mirando desde que salimos. Les mando un saludo, y es contestado.
Conduciendo por la avenida El Dorado, hacia el centro de la ciudad, Lizzette me platica que el fin de semana próximo, su familia y ella, tal vez, vayan a visitar a unos parientes en Monterrey. Me dice que no quiere ir porque no podrá verme y me pide que insista en mi trabajo para que me den permiso el sábado para acompañarla a su viaje durante todo el tiempo que se quede. Le digo que haré todo lo posible y cometo el error de decirle que a lo mejor falto a propósito allá para esta con ella. Escuchamos, ahora, una canción de Shaila que se llama "Perdóname". Le puse atención a la letra y me percaté...
